domingo, 24 de enero de 2010

Desde Aquella Altura, Juanjo Rodriguez



Juanjo Rodriguez   






Desde Aquella Altura



Juanjo Rodríguez


La Cornisa


Apoyado sobre la barandilla observaba la ciudad desde aquella altura, para él, aquel era un lugar mágico, desde pequeño siempre le gustó, recordaba cuando sus padres le llevaban allí para ver aquel paisaje urbano acordonado por los espigones del muelle, siempre era un lugar tranquilo, daba igual la cantidad de gente, o tráfico que hubiera en la ciudad, allí, casi nunca había nadie, todo lo más, algunas personas paseando sus mascotas, dos o tres parejas en los coches o en los bancos entregándose pequeños momentos con la ciudad como testigo.

     Era un sitio especial sin duda, si guardabas silencio podías escuchar a la ciudad, daba igual la hora, siempre tenía su pulso, su aliento, le gustaba jugar a imaginar qué estaría pasando en las casas que veía desde allí, recorría con su mirada toda la bahía, desde La Isleta, hasta que se le perdía la vista por Vegueta, escogía que casa compraría, en cual le gustaría vivir si tuviese el dinero suficiente para poder comprarla, era su fantasía, se podían escuchar los  golpes de los contendores en los muelles al ser cargados o descargados. Era emocionante ver como salían al atardecer los cruceros más lujosos aunque no supiese su destino, mil veces viajo en ellos, imaginándose, en alguna terraza de alguno de los mejores camarotes, y mirando desde allí, con una copa del mejor bourbon en la mano, aquel paseo, donde quizás podría distinguir, a los novios, las gentes con sus mascotas, y quien sabe, quizás a algún chico mirando hacia el barco, imaginando como sería ir en él.

     Era invierno, y aunque eso no importara para disfrutar de la vista, oscurecía antes, algo que le gustaba, la ciudad tenía otro aspecto muy distinto de noche, no era una ciudad nerviosa, y aunque el sol se ponía por el otro lado, le gustaba ver como la noche conquistaba la ciudad. No había mucha gente, en invierno, aun menos que de costumbre, aunque para él, el número perfecto era cero, le molestaba tener que escuchar murmullos a sus espaldas, o que algún perro viniera a olisquear por donde estaba él, o hacer cosas más desagradables, pero como él decía: “hasta en el paraíso había serpientes….”.

     Tenía puesta la vista fija en la avenida, los coches empezaban a encender sus luces, y comenzaba a conformarse las dos serpientes de color, la de los que abandonaban la ciudad, y de los que regresaban. De repente se dio cuenta de que llevaba un rato escuchando el ruido de un motor, ni muy cerca ni muy lejos, pero lo suficiente para escucharlo, cuando ya no pudo más, ladeo su cabeza en ambas direcciones hasta que algo más arriba divisó un taxi parado, y junto a él, en un banco, una chica que miraba la ciudad. 

     Volvió a mirar hacia la avenida, pero aquel ruido no lo dejaba en paz, y volvió a mirar con mala cara, con la intención de provocar algún tipo de reacción en la chica, pero ella seguía inmóvil.

     No supo porque pero se detuvo a mirarla, bajo la luz que aún quedaba pudo ver que tenia la piel clara, y una gran melena negra cubría su espalda, tenía sus manos apoyadas sobre sus rodillas, y miraba, miraba al frente, pero de forma extraña. ¿Por qué no gira la cabeza?, ¿A dónde estará mirando?, ¿Por qué habrá venido?.

     Al momento se sintió avergonzado, él no era de ese tipo de gente, que más le daba aquella chica, no era su problema. Decidió volver a mirar a la bahía, al muelle, a las casas, a los coches, a las gentes que corrían, y un pensamiento empezó a atormentarle mientras le acompañaba el ruido incesante de ese motor de taxi.

     “Dios, me paso los días mirando gente, preguntándome como serán sus vidas, sin que ello me importe lo mas mínimo, y ahora, no puedo dejar de pensar en que es lo que le pasara a esta chica”. Sintió un impulso irrefrenable, y sin saber muy bien porque, empezó a caminar hacia aquel banco. Se sentó a su lado.

     - Hola – dijo él.
     - Hola – respondió ella.
     - ¿Qué haces?, llevo rato mirándote y creo que te pasa algo.
     - ¿Por qué crees eso? – le contestó.
     - Pues porque solo miras al frente con la mirada perdida en el infinito.
     - Y tú, ¿no haces lo mismo aquí? ¿Acaso no vienes cada tarde a mirar al infinito?
     - Pero…, ¿Cómo sabes que vengo cada tarde?, además, yo no miro el infinito, miro a la ciudad, miro a las casas, miro a la gente pasar.
     - ¿Y no es eso el infinito?, realmente no miras a nada, ni a nadie, pierdes tu mirada en el infinito de las cosas, en los infinitos de los demás, imaginando como serán sus vidas, sus casas, sus coches...

     No supo que contestarle, estaba a la vez enfadado y sorprendido, ¿cómo podía aquella chica haberle hecho dudar de sus verdaderas razones para subir allí cada día? Casi a modo de reproche le espetó.

     - ¿Y tú?, ¿acaso no haces lo mismo?, ¿no has venido aquí para llenar tu vacía existencia mirando la de los demás?
     - Ojalá pudiera – le contestó serena.

     No pudo entender aquella respuesta, y entonces la miró, ella seguía mirando al frente, el agarró suavemente su mentón y la giró hacia él para poder mirarla, tenía unos enormes y preciosos ojos negros, y entonces lo comprendió todo, le soltó la barbilla, le cogió la mano, y serenamente le dijo.

     - Si le dices que apague el motor, yo te lo cuento.

6 comentarios:

  1. Muy nostálgico, me encanta ;)

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  2. Digan lo que digan, siempre disfrutare un good twist at the end Juanjo, gracias por eso ... de alguna manera extraña en lugar de causarme nostalgia me ha hecho sentir bien :)

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  3. Me encantan las cargas emocionales que cada uno interpreta según el estado anímico del momento en el que vive, el final está ampliamente abierto a la mente de cada uno. Es muy fácil identificarse con el protagonista, o por lo menos para mí lo es.

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  4. El momento en que se rompe por completo ese estado de unión de las vistas, los recuerdos y los sueños con el personaje me encanta, ese intentar seguir con tu paz interior y no poder volver al camino por culpa de algo que aun aceptándolo y queriéndolo a lo lejos, cuando lo tienes cerca te das cuenta que no igual, el romper la burbuja y llegar a darte cuenta que siempre hay otra persona con problemas, mayores o inferiores, pero distintos a los tuyos. Me gusto.

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  5. Muy bueno, Juanjo, me encantó. Para mí, esa zona de la cornisa siempre me ha parecido un gran lugar para perderme, para dejar atrás mis pensamientos mientras me pierdo en la vista y en el infinito.

    Felicidades¡¡¡ y que no decaiga el ánimo y a seguir escribiendo...
    Un abrazo

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