domingo, 21 de febrero de 2010

Amor de Leche, Borja Txeira



AMOR DE LECHE






PARQUE SANTA CATALINA
Borja Texeira



Parque Santa Catalina. Parada de la línea 13. Javier salía de visitar a su último cliente del día. Estaba de buen humor, había vendido otro seguro. Llegó y se sentó allí a esperar la guagua. Siempre que Javier esperaba en aquella parada, se acordaba de aquel verano de 1990, cuando se pasó toda la estación estival en la Playa de Las Canteras. Por aquel entonces tenía ocho años. Por culpa de la crisis que sufría medio mundo en los comienzos de aquella década, sus padres habían decidido pasar el verano en la capital y no en el sur de la isla como era común en ellos. Javier comenzó a repasar por un momento los motivos por los que recordaba aquel verano. 
Casi todos los días iba con su madre, su hermano pequeño y su abuela. Con ocho años la ilusión de ir a la playa en cualquier niño puede ser más que notable, pero aquel verano se convirtió para Javier en la ilusión de su corta vida, nunca se había sentido tan eufórico y con más ilusión que la de ir a aquella playa. Nunca nadie agradeció tanto aquella crisis económica, como lo hizo Javier, y eso que no entendía nada del asunto.  Al principio lo mejor no era estar en la playa: lo mejor era cuando venía la hora de marcharse y tenían que acercarse a aquella parada para ir a coger la guagua. 
Toda esta ilusión comenzó uno de los primeros días de aquellas vacaciones. Estando en aquella parada, se acercó a ellos una señora muy alta y rubia, que para Javier hablaba de una forma muy extraña, preguntando si había pasado la “0A”. Su madre, más tarde le explicó que era extranjera y por eso no hablaba correctamente español. A Javier le asombraba la capacidad de todos los adultos de su familia para identificar la procedencia de todas aquellas personas que hablaban raro y eran rubias. Los extranjeros tendrían que venir de muy lejos, pensó.
Con aquella señora alta como una palmera, iba una preciosa niña rubia de ojos azules, tan azules como el mar cuando está en calma, y de tez bronceada por el sol que le miraba fijamente. Esta triple combinación era lo que le provocó a Javier en aquel momento un nudo en el estómago que le subió y bajó con la velocidad de un rayo, y que le aceleró el corazón mucho más que aquellas carreras que  hacía con sus amigos en el colegio: el pelo resultaba tan rubio como aquellas personas que salían en el anuncio del champú, y aquellos ojos se clavaron con fuerza en su atención de tal forma que no logró saber de que manera había terminado la conversación entre su madre y aquella señora. De pronto, madre e hija, se habían despedido y se iban a otra parada que quedaba a unos veinte metros. La niña mientras se alejaba, viró su cabeza y le sonrió, mostrando en su amplia sonrisa el hueco de un diente. Javier también le sonrió cuando cayó en la cuenta de que a el también le faltaba el mismo diente.
Se volvieron a ver durante los días siguientes. Ésta coincidencia había hecho que las respectivas madres se saludaran cordialmente. Siempre en la parada de la guagua a las siete de la tarde. Siempre tan cándida y con esa sonrisa tan bonita a la que le faltaba un diente. El mismo que a Javier.
Pero un día, tuvieron que volverse antes porque el hermano pequeño de Javier no se encontraba bien. Había vomitado el almuerzo y su madre decidió adelantar la hora de salida y volverse a casa. Ese día no apareció la niña. Una vez en la parada de guaguas, Javier miraba hacia todos los lados con los ojos bien abiertos, como si intentase ver más allá de los muros y edificios que rodeaban el parque, con la esperanza de verla, pero no fue así. La tristeza le embargó por un momento y pensó que quizás esa niña extranjera, ya había vuelto a su país, ese que quedaba tan lejos. Pero luego, como para consolarse, plantó en su cabecita un razonamiento de adulto. Claro, pensó, nos hemos ido antes y por eso no la he visto. Tenía razón. Javier nunca lo pudo saber pero unas dos horas más tarde pasaba por delante de la parada de la guagua aquella niñita rubia de la mano de su madre. Ella miró, pero aquel niño al que le faltaba el mismo diente que a ella no estaba. 
Sandra, que así era como se llamaba la niña, pasó durante los siguientes días por la parada de la guagua, y esperaba con ansiedad ese momento, pero aquel niño seguía sin estar allí.
Durante aquellos días Javier odió a su hermano más que nunca, más que cuando se llevaba una torta por su culpa, y no paraba de preguntarle a su madre que cuando volverían a ir a la playa.
- Cuando tu hermano se ponga mejor, ya te lo he dicho.- respondió un sin fin de veces la madre.
Una semana tardó Javier y su familia en volver a la playa. Una vez allí Javier sólo quería que llegase la hora de irse, pero tenía que ser a las siete de la tarde para ver a la niña, o al menos así había sido anteriormente y así lo deseaba el chico.
-Mamá, ¿a qué hora nos vamos?
- Como siempre, cariño.
- ¿A las siete?
- Sí. Tanto jaleo que querías venir a la playa y ahora ya estás pensando en irte.
Javier no escuchó la última frase, porque entre tantas cabezas en la playa pudo ver, de repente, una pamela blanca con una cinta celeste. Era ella. Los pulmones se le llenaron de felicidad, con más aire del que había cogido en toda su vida. Siguió mirando y vio que la madre de la niña, aquella señora rubia más alta que una palmera, también estaba por allí. Venían llegando y buscaban un sitio.
-¡Mamá, mira! ¡La niña de Extranjería! – había dicho gritando y señalando con el dedo. Javier hoy recordaba aquella frase con gracia. De niño pensaba que todos los extranjeros venían de Extranjería, un país muy grande y que estaba muy lejos. 
Tanto anduvo, hasta que consiguió convencer a su madre para que se acercara a la señora y le invitara a ponerse con ellos. La señora, aceptó de buen grado. La niña, estaba más guapa que nunca, pensó Javier en aquel momento. Con su trajecito celeste y la pamela blanca con la cinta, a juego con su traje… y con sus ojos.
A partir de ese día y durante tres semanas más Javier y Sandra compartieron juegos de arena, haciendo castillos, tortugas y estrellas de mar. La hora del almuerzo no era igual para ninguno de los dos si no comían arropados por la misma toalla que les secaba del último chapuzón. Los helados de fresa y vainilla. Los chicles kilométricos de Boomer. Las carreras por la orilla. El dolor y las lágrimas de Sandra por la picadura de una medusa y las lágrimas de Javier por verla llorar. Vivencias de lo que ahora Javier, veinte años después, definía como su primer amor, aquel que a muchos marca y a pocos deja indiferente.
Luego vino la despedida, aunque Javier nunca tuvo conciencia de ello. Para el fue un día más. Lo último que recordaba era verla dirigirse hacia la parada de guaguas con su madre, con su traje celeste de playa, mirando hacia atrás con una sonrisa donde aquel diente ya había empezado a crecer. Igual que a Javier. Los últimos días del verano, el chico seguía yendo a la playa, pero ya hacia tiempo que no era lo mismo, no había ilusión. Por más que miraba hacia todos lados en la playa y en la parada de guaguas, ella nunca apareció. Incluso se le metió en la cabeza que un día, cuando fuese actor de cine, lograría reunir el dinero suficiente para viajar a Extranjería. 
Todo esto duró hasta que empezó de nuevo el colegio y Javier se vio metido en la rutina escolar de un nuevo curso, otras vivencias y otros amores. Y aunque pasaron los años siempre se preguntaba que qué habría sido de aquella niña. Si fuésemos capaces de proyectar nuestro propio futuro, veríamos que nuestro destino es la consecuencia de nuestros actos, aunque sean veinte años después, y aún así nos sorprendemos. A saber cuál se habría labrado Sandra…
-Perdona, ¿sabes dónde se coge la 0A?- preguntó lentamente una voz femenina, como con cuidado para hacerse entender bien en castellano. Javier salió de todos estos recuerdos en los que llevaba un rato ensimismado y miró hacia su izquierda. A Javier se le hizo un nudo en el estómago que le subió y bajó con la velocidad de un rayo, y que le aceleró el corazón mucho más que aquellas carreras que hacía con sus amigos en el colegio. 
Una preciosa chica rubia de ojos azules, tan azules como el mar cuando está en calma, y de tez bronceada por el sol le miraba fijamente…

4 comentarios:

  1. Muy bonito Borja. No te hizo falta mucho detalle y veía la época esa de veinte años atrás.
    Es una historia muy dulce.
    Gracias.

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  2. Primeros amores, siempre son con niñas rubias de ojos azules... Buen relato, llevas bien el ritmo, se hace muy llevadero leerlo. Enhorabuena^^

    (Alex, que no tiene ganas de registrarse)

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  3. Algún día yo viajaré a Extranjería ;p

    Muy bonito, muy tierno, felicidades!!

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  4. Se lee en un tris. Parece que ve uno la playa y hasta huele los bronceadores de coco de hace 20 años en Las Canteras.
    Me encantó, de verdad, me encantó.

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