sábado, 30 de enero de 2010

The Dream Is Over, Pedro Hernandez


Pedro Hernandez





“THE DREAM IS OVER”
Unconnected L.

Pedro Hernández
El Hoyo

Antes de la despiadada invasión del cemento no había nada. Sólo el desierto. Una inmensa explanada de tierra contaminada por los teniques, los desechos de hojalata, y las miles de colillas que, exiliadas de los miles de labios anónimos que una vez las amaron en silencio habían pasado a formar parte del melancólico pavimento. Era éste desolado paisaje un improvisado punto de encuentro en pleno centro de la ciudad. Una casa de citas al aire libre donde todas las putas respondían al mismo nombre y, a cambio de un módico precio se dejaban montar por delante y hasta por detrás. No era más que un laberinto conformado por docenas y docenas de grandes moles de hierro forjado, dormitando plácidamente en sus apartaderos de cal, a pesar del terrible estruendo que generan los dragones de panza de gasolina cuando roncan.

-  Las guaguas roncan. Roncan cuando duermen. Y roncan cuando están despiertas. Por lo tanto: las guaguas siempre están soñando. Sueñan despiertas. The dream is over. What can I say? ¡Que os jodan a todos! - sentenció.

Siempre iba solo. O casi siempre. Alto, desgarbado, insultantemente enjuto y a la vez con cierto aire de aristócrata de las cloacas. De duque blanco de pega. Un poeta de los arrabales, un filósofo de cartón piedra capaz de acuñar alguna genialidad de tarde en tarde.
Completaban el figurín la vestimenta sucia y abandonada, el pelo largo, hirsuto, declarado desde hace tiempo en rebeldía, una barba rala propia de un poeta maldito o de un pintor impresionado por girasoles inmortales, y unas gafas de montura redonda que a fuerza de ser utilizadas por el genio habían terminado por convertirlo en miembro de honor de la legión de miopes galopantes.

Si. Siempre iba solo. O casi siempre. Su única compañía eran los libros. Y el alcohol. Alcohol barato. Vino de cartón.
El poeta decidió quedarse a vivir allí, evitando casi siempre cualquier tipo de conversación con sus semejantes. Resultaba absolutamente contradictorio. Un gran amante de la soledad.

¿Por qué elegir aquel lugar?

Eligió aquella morada porque le gustaba su banda sonora.

-  Todos necesitan encontrar ese lugar donde cada sonido es el mundo en sí mismo - afirmaba-. Todos sueñan con encontrar la banda sonora de su existencia. Un motor que ruge es un pájaro anunciando la mañana, y un pájaro que canta es un motor que ruge. Todo depende del punto de vista.

Así, el banco de madera de la entrada se transformó en incómodo jergón y, las páginas arrugadas y descompuestas del país en parapeto de celulosa para combatir el frío. A veces, éste era tan insoportable que hasta las páginas del periódico llegaban a congelarse. Los vocablos, ateridos por el relente se apiñaban los unos contra los otros tratando de proporcionarse calor mutuamente. Las palabras cambiaban de orden y de significado. De ésta forma, donde antes había un nombre ahora reconocíamos un artículo indeterminado, y donde en otro tiempo hubo un adjetivo ahora se erguía firme y orgullosa una preposición indecente.

-  Ya me gustaría ver aquí y ahora a Robert Redford - pensó el poeta. Sería como en "Dos hombres y un destino". Nos atrincheraríamos en la taquilla de los billetes y allí nos haríamos fuertes. Resistiríamos hasta el final. Dignos, obstinados, como los personajes de Kurosawa, que consiguen mantenerse en pie aún después de haber sido acribillados por un millón de flechas. No depondríamos nuestra actitud hasta que no prometieran concedernos la tarjeta verde. Esa burocrática prerrogativa que sirve para poder circular libremente por esta maldita estación, y establecer (si se desea) relaciones íntimas con la máquina del café.

No era la primera vez que despertaba a su lado. El calor desprendido por sus entrañas le había salvado la vida en más de una ocasión. Nunca llegaría a conocer a otra como ella. Solitaria, taciturna, embriagadora con sus aromas de grano tostado, y los matices de chocolate en polvo en las zonas de las muñecas.
Definitivamente decidió dejar el jergón de madera y mudarse a vivir a sus axilas. En ellas viviría feliz viendo pasar las horas, viendo pasar a las gentes, testigo silencioso de un eterno desfile de llegadas, salidas, demoras, averías. Recitándole al oído pasajes del working class hero, susurrándole melodías imposibles compuestas por Arthur Janov.

Le dejó caer la moneda por la ranura. Ésta, hambrienta, engulló ansiosa el dorado bocado de metal, y tras una acelerada y voraz digestión comenzó a miccionar aquel maravilloso líquido. Oro negro. Petróleo cafeínico. Estimulante de los sentidos sintetizado por alquimistas, después de haber perforado con saña las entrañas del progreso.

El vaso de plástico se retorcía derretido por el calor, mientras la triste cucharilla, una vez mojadas sus vergüenzas en los pozos del mar negro, terminaba sus días abandonada en cualquier papelera, o lo que es peor, arrojada al desierto de teniques y desechos de hojalata. El limbo de las cucharillas del café.

Sólo tomó un sorbo. El primero y el último. El que se traduce en angustia al contemplar despavorido el pronunciado acantilado que baja desde la garganta al estómago. Una vez allí retozaría eternamente entre licores de fabricación casera.

Enjuagó sus manos con el brebaje de los esclavos de Abisinia. Una mirada furtiva le bastó para despedirse. Sus labios se abrieron lo justo para escupir la tonada.

-  The dream is over. What can I say?, I was the walrus, but now I`m John.

Tocó el enchufe.

3 comentarios:

  1. Muchísimas gracias por compartir esta historia, toda una lección para los rutinarios indiferentes de cómo se puede ver con tanta magia y cariño cada cosa, persona o hecho que nos rodea. Me parece realmente preciosa tu manera de contar, mis felicidades más sinceras, es un honor, (y a la vez una responsabilidad) compartir este proyecto contigo.

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  2. In awe ... loving it!
    reread reread

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  3. Magistral. Se que que con Pedro no soy muy objetivo, pero este relato es realmente genial.
    Mucho sentimiento en una historia aparentemente no cercana.
    Una pasada, enhorabuena.

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