
La Charla
Álvaro Loman
San Juan
- ¿Prefieres que sea directa y brutal o sutil y educada?
- Directa y brutal.
- ¿Seguro? Porque puedo ser muy dir...
- Seguro.
- ¿Quieres que seamos amantes?
- Claro.
- He de decir que lo sospechaba. - respondió ella pensativa - Teniendo en cuenta donde tienes la mano.
- ¿La prefieres en otro sitio? – ofreció él gentilmente.
- Tengo novio.
- Lo sé.
- Estoy aquí de Erasmus. En un año me volveré a mi tierra.
- Con tu novio.
- Exacto.
- ¿No te hago cosquillas?
- No, que va. Es muy rico.
- No me has respondido.
- ¿A qué?
- Que si quieres que cambie la mano de sitio.
- Un poco más abajo est… ahí mucho mejor.
Los dos se miraron durante un rato, disfrutando del momento. Ninguno de los dos quería hablar, porque hasta el silencio estaba realizando perfectamente su función anestesiadora. Pero todavía quedaban cosas por hablar, cosas que explicar.
- Eres raro.
- ¿Yo? – se sorprendió él.
- Llevo tiempo intentando meterte en una cajita. – sonrió pícaramente, quitándose el pelo de la cara sólo con un dedo-.
- ¿Cajita? - frunció el ceño, extrañado.
- Sí, ya sabes. Una cajita donde etiquetas a las personas. Bohemios, rectos, moralistas, independientes, locos, pervertidos. Hay muchas cajitas. Pero siempre que te meto en una cajita, me sorprendes con algo y tengo que sacarte de ahí.
- A mí me pasa algo parecido contigo.
- ¿En serio?
- En serio – respondió asintiendo con la cabeza, aún sin mirarla. - ¿Te acuerdas cuando nos conocimos?
- La verdad es que no.
- Sí, claro.
- Te presentaste como si me conocieras de toda la vida. Y te pusiste a hablar con un... desparpajo impresionante. – relató él, recordando mientras tanto.
- Vaya.
- ¿Qué?
- No sé qué has tocado, pero quiero que lo hagas de nuevo.
- ¿Esto?
- No… No, eso no era… Eso tampoco, aunque también podemos repetirlo lueg… ¡Eso! Justo… eso.
- ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Enseguida te puse en la cajita de hippie.
- Tengo mucho de hippie. – concedió ella.
- Sí, pero luego tienes cosas que te hacen chocar frontalmente con tu cajita. Como esas insegur… ¿Es eso tu mano?
- No.
- Wow.
El gato contemplaba la escena con esa mezcla de desdén y autosuficiencia que sólo un gato sabe hacer. Estaba a medio camino entre el sopor y el coma profundo, así que se sobresaltó cuando la cama se meció por el peso de unos cuerpos y unas risas juguetonas le obligaron a mirar. Entendió que no iba a poder dormir.
Por fortuna había una pila de ropa en el suelo que antes no estaba ahí. Los humanos volvieron a conversar.
- Venga ¿Qué quieres preguntarme?
- ¿Cómo sabes cuándo voy a hablar? - se sorprendió ella.
- No sé – se encogió de hombros. - Sé escuchar. El lenguaje corporal es sólo otro idioma. Si estás atento, puedes saberlo.
- Está bien, te lo diré. – hizo una pausa dramática, de esas que sirven más para mantener el interés que para reunir valor. - No quiero hacerte daño.
- Me parece bien.
- Porque no quiero que haya sentimientos aquí. Será sólo sexo.
- Estoy de acuerdo.
- ¿Seguro? Porque el sexo, al principio está muy bien, pero luego te das cuenta que todo es más bonito cuando hay sentimientos de por medio. Y no es eso lo que quiero.
- Genial.
Ella no estaba del todo convencida, así que siguió con su diatriba.
- Soy muy mandona. Y mimosa. Y muy independiente. Y necesito mi espacio. Y mi tiempo.
- Me parece bien.
- ¿Y tú? - inquirió ella, alzando una ceja.
- ¿Yo qué?
- Tú como eres.
- Hmmm... No sé. Soy amable, sé escuchar, también soy muy mimoso y…
- ¿Y?
- Esto no te va a gustar. Pero soy muy enamoradizo.
- No te quiero hacer daño. – repitió ella.
- No te preocupes por mí. Estaré bien.
- No quiero que haya sentimientos.
- Si en algún momento empiezo a sentir algo, te lo diré. – prometió él.
- Lo mismo digo.
- ¿Lo mismo dices?
- He de confesarte que yo también soy muy enamoradiza.
- ¿Entonces lo de “nada de sentimientos” es más una declaración de intenciones que una realidad?
- Algo así, sí ¿Te puedo preguntar algo?
- Claro.
- ¿Eso que noto por abajo es lo que pienso que es?
- Probablemente.
- Wow.
Lo que siguió hizo tanto ruido que el gato, en contra de sus más férreos principios, tuvo que salir de la habitación.
- ¿Puedo hacerte ahora yo una pregunta?
- Ahá. – gimió ella.
- ¿A qué saben tus labios?
Él le besó.
- Hmmm, Vainilla.
Él le besó.
Ella le besó.
Ellos se besaron.
Que bien controla los diálogos el Álvaro :P Este es muy divertido la verdad.
ResponderEliminarMuy entretenido Alvaro, el detalle del gato es ... bueno MUY apropiado, me lo he disfrutado, gracias
ResponderEliminarMaldita erasmus.
ResponderEliminarMe ha gustado mucho, es muy activo, felicidades no todo el mundo sabe manejar los diálogos. A mí también me encanta el gato!!
ResponderEliminarEl relato es simpático, el punto de vista del gato es bastante divertido, muy bueno!!
ResponderEliminar.
ResponderEliminarQué grande eres, Alvaro...
.