lunes, 29 de marzo de 2010

Aunque él no lo sabia, Natalia Domínguez Navarro











Aunque él no lo sabía


                                             Guaguas Municipales
Natalia Domínguez Navarro


Desde la parada de guaguas de la Shell de Tomás Morales vi venir la línea 25, que llevaba un buen rato esperando. A esa hora esperar esa línea es un suplicio y la pequeñísima marquesina de la gasolinera se va llenando de gente impaciente y taciturna que mira al suelo o a los taxis que pasan, probablemente deseando poder permitirse el lujo de coger uno.
Al subir, milagrosamente, encontré un asiento libre y me senté, acomodando el maletín con el ordenador, una mochila con mi ropa y el gordísimo libro en que estaba enfrascada en esos días. Tanta prisa llevaba, que ni siquiera me puse los auriculares, como suelo hacer, para abstraerme de los golpes de tos, las conversaciones en voz más o menos baja, los bocinazos de los impacientes conductores que intentan cambiar de carril o el zumbido de alguna ambulancia. Sólo quería llegar a la hora convenida a Las Arenas, donde me esperaban.
Me senté de espaldas al conductor, así que a cada rato volvía el cuello para mirar por qué había parado la guagua y también por pura impaciencia, como si mirar hacia adelante me hiciera menos largo el trayecto. Manías inexplicables.

Aquel hombre subió en la parada de la piscina Julio Navarro, aunque no lo vi en el momento de subir; encontré su triste figura sentado enfrente de mí de repente. Debía tener casi los setenta o eso aparentaba. Vestía una camisa de botones celeste, un pantalón azul oscuro y unos zapatos negros limpios. Llevaba el pelo blanco bien peinado hacia atrás. Pero tenía la expresión más triste que he visto nunca. Sus ojos azules estaban apagados, las arrugas alrededor de ellos los hacían caer aún más que aquella tristeza. La postura de su espalda lo hacía parecer un poco jorobado, tal era la pesadumbre que parecía cargar sobre los hombros. Y vi un pañuelo negro asomando por el cuello de su camisa, tapando inequívocamente una traqueotomía.
Pestañeaba despacio, mirando ahora por la ventana, ahora al suelo y un suspiro se le escapaba a ratos.
Llevaba los brazos caídos sobre las piernas y al final de ellos, las manos limpias con los dedos de una cruzados con los de la otra, como en una postura abandonada de oración.

Me produjo mucha tristeza... mucha. No lo había visto nunca, pero sentí un enorme y profundo cariño por aquel hombre al borde de la vejez que parecía tan solo. 

Como tantas otras veces, imaginé cómo podía ser su vida, lo imaginaba joven, fumándose un pitillo, imaginaba el duro golpe de aquella traqueotomía que lo hacía taparse el cuello en una noche de tanto calor y me imaginaba cómo pudo haber sido su joven sonrisa, aunque aquella expresión me hacía difícil pensar que aquel hombre hubiese sonreído alguna vez.

Lo quise, sin darme cuenta. Pensé para mis adentros que ojalá estuviese equivocada en todas mis conjeturas y deseé con mucha fuerza que fuese feliz a partir de ese momento. Que nada malo le ocurriera porque, detrás de aquella inmensa tristeza, también había bondad. Tenía la cara de quien no merece que nada malo le ocurra jamás.
No me miró una sola vez. A decir verdad, no miró a nadie en el trayecto en que estuvo en la guagua. Se bajó en la parada de Mesa y López y no me pareció que supiera muy bien a dónde iba, porque desde el último escalón miró a un lado y luego al otro y luego bajó despacio, agarrado de la barandilla para ayudarse. Por la ventana lo vi alejarse sin niguna prisa, con la espalda ligeramente hundida hacia el callejón que lleva a Juan Manuel Durán con los brazos caídos a lo largo del cuerpo y casi arrastrando los zapatos limpios.

Nunca podrá imaginar que la mujer que estaba sentada enfrente suyo en la guagua aquel día, acabaría por escribirle unas líneas a modo de recuerdo y buenos deseos. Ni tampoco sabrá que alguien que no lo conoce y a quien no conoce, sin saber por qué, lo quiere de alguna manera.

No es una historia de amor al uso. No es ni siquiera un cuento con final feliz. Probablemente no se va a producir jamás un reencuentro entre los protagonistas. Nunca lo he vuelto a ver, ni lo había visto antes.
Pero... su mera y triste presencia despertó en mí la compasión y el cariño hacia alguien que no conocía. Me hizo desearle toda la suerte que pudiera abarcar su espíritu. Y, desde ese momento, no lo he olvidado. Incluso se cuela en mis oraciones y veo sus ojos azules mirando al suelo sin querer.

Y, siendo así... ¿Quién puede decirme que esto no es también una historia de amor?

domingo, 21 de marzo de 2010

Maykol Hernández - La niña y la cucaracha












 La niña y la cucaracha


Hospital Materno
Maykol Hernández 



Le faltaba una pata, pero claro, eso, no le importa a nadie. Tan solo era una cucaracha. A quién le importa la desgracia de una simple y repugnante cucaracha. Tan sólo es eso: una simple y repugnante cucaracha. Una cucaracha. ¿Puede haber un ser más detestable?, ¿más sucio? No, claro que no -¿Qué cojones me importa a mí que a una cucaracha le falte o no una pata? Es una cucaracha, ¡una maldita cucaracha!- Sí, tan sólo una cucaracha, una simple, repugnante, detestable y sucia cucaracha. Tan solo una cucaracha.

Fue puntual. Asombrosamente puntual. Nació el mismo día que su madre salía de cuentas. Quién diría que esa pequeña masa de carne arrugada, de no más de tres kilos de peso, se convertiría instantáneamente en el ser más hermoso que jamás hubiera soñado. Carla, que así se llamaba la pequeña masa de carne arrugada -claro que ella aún no lo sabía- había nacido sin complicaciones en una pequeña y fría sala del hospital materno infantil, en las Palmas de Gran Canaria, claro que ella aún lo no sabía. Se había convertido instantáneamente en el ser más hermoso que yo, su padre, jamás hubiera soñado, claro que ella aún no lo sabía. Nunca había visto dos seres tan grotescos y hermosos al mismo tiempo. Ella, Carla, una pequeña masa de carne arrugada. Su madre, Diana, una gran masa de carne sudada. Verlas juntas se convirtió en la más bella de las estampas. No había pasado diez segundos tras atravesar el sexo de su madre, aquel sexo atravesado nueve meses antes, justamente nueve meses antes, y ya descansaba sobre el pecho de la que había sido durante nueve meses, justamente nueve meses, su protectora, su hogar. Podría jurar que sonrió al sentirse mecida por el vaivén provocado por el pecho de su madre, extasiada ésta tras haber sido atravesada por la que, desde hacía nueve meses, justamente nueve meses, se alojaba en su vientre, ese vientre que durante nueve meses, justamente nueve meses, había ido creciendo y creciendo, tanto que, de no saber que era normal, podría llegar a preocupar. Nunca fue un baile tan hermoso. Ellas, bailarinas esperpénticas, juntas, bailando juntas en lo que podría, o al menos para su padre así lo fue, ser la coreografía más hermosa jamás soñada. Madre e hija juntas, como desde hacía nueve meses, justamente nueve meses, pero ahora por fin a la vista de todos, o al menos de todos los que, en aquella pequeña y fría sala del hospital materno infantil de Las palmas de Gran Canaria, habían sido testigos del mayor y más hermoso de los milagros.

Tenía, además, una antena torcida, pero eso, claro, no le importaba a nadie. Tan solo era una cucaracha. Una simple, repugnante, detestable y sucia cucaracha.

Dos días después, esa pequeña y ahora ya no tan arrugada masa de carne, ya disfrutaba del calor de su nuevo hogar, del calor de los brazos de quienes durante nueve meses, justamente nueve meses, se habían dedicado a idear ese hogar, ese nuevo hogar.  Nunca  fue Diana tan hermosa, nunca fueron sus pechos tan hermosos. Nunca ver a otro ser disfrutar de ellos podía habérseme hecho tan hermoso. Nunca algo había sido, para los recién estrenados padres, tan hermoso. Y así seguiría siéndolo, uno y otro día, durante los trescientos sesenta y tres días siguientes, días en los que aquella pequeña y arrugada masa de carne daría paso, de manera se diría mágica, a la más hermosa de las criaturas.

Era la más espantosa de las criaturas. La más simple, repugnante, detestable, sucia  y espantosa de las criaturas. Una cucaracha. ¿A quién podría importarle que le faltara una pata, tuviera una antena torcida, o su abdomen estuviera atravesado de parte a parte por un llamativo pendiente rojo chillón que la madre de algún niño cruel y juguetón había perdido sin echar en falta? Tan sólo era una cucaracha.

La tarta era de merengue. Los batidos de fresa, vainilla y chocolate. Los sándwiches de atún y millo unos, de jamón y queso otros. Los chuches variopintos. Las guirnaldas de colores. Los manteles de papel. No había refrescos porque sus padres la consideraban aún muy pequeña -tan sólo un año, justamente un año desde que bailaran por primera vez la más hermosa de las coreografías- como para llenar su aún pequeño estómago de molestos y pesados gases. No faltaba nadie, sus primos Carlos y Javier, de seis y ocho años respectivamente, más pendientes de los regalos que más tarde ayudarían a abrir a la del primer aniversario que, obviamente, de la felicidad de la del primer aniversario. Su prima Inés, de tres años, más pendiente de fastidiarle el día a la que desde hacía un año, justamente un año, había conseguido robarle todo el protagonismo ante sus admiradores tíos que, obviamente, de la felicidad de la del primer aniversario. Sus compañeros de guardería, Alexander y Noemí, dos y ocho meses mayores que la pequeña Carla, más pendientes de los divertidos y coloridos globos que, obviamente, de la felicidad de la del primer aniversario. Su primo Eduardo y su inseparable amigo Moisés, trece años mayores que aquella que, hacía un año, justamente un año, atravesara aquel sexo ya atravesado nueve meses antes, justamente nueve meses antes, más pendientes de los senos que ya asomaban considerablemente del pecho de la mayor de las primas de Carla que, obviamente, de la felicidad de la del primer aniversario. Y Manuela, la mayor de las primas de Carla, más pendiente de que se le notaran los senos que ya asomaban considerablemente de su pecho que, obviamente, de la felicidad de la del primer aniversario. Una vez más, una nueva vez más, no había nada más hermoso.

¿A quién iba a darle pena una simple, repugnante, detestable, sucia, espantosa y lisiada cucaracha? A nadie, absolutamente a nadie. Tan sólo era una maldita cucaracha. Sólo una cucaracha.

La pequeña Carla, con vida desde aquel día, aquel puntual día de hacía un año, justamente un año, parecía no entender nada de lo que sucedía. ¿Por qué tanta gente? ¿Por qué tantos regalos? ¿Por qué tantas fotos? No lo comprendía, pero tampoco le importaba, ¿qué puede importarle a una niña de tan sólo doce meses de vida? Nada, absolutamente nada salvo descubrir aquel aún desconocido mundo al que pertenecía desde hacía… ya sabemos cuanto hacía. Aquel mundo extraño lleno de cosas extrañas, cosas llamativas, cosas extraordinarias. Cosas atractivas todas. -¡¡¡Cuidado!!! ¡¡¡¡¡La niña!!!!! -gritó alguien de repente.

Tan sólo era una simple, repugnante, detestable, sucia, espantosa y lisiada cucaracha. Tan sólo una maldita cucaracha.

El silencio no duró mucho, pero sin embargo nunca un instante había sido tan largo. Nunca un silencio había sido tan sonoro. Algo, no se sabía aún el qué puesto que no hubo nadie que no se abalanzara súbitamente, tras aquel eterno instante, a levantar aquello que, inexplicablemente, descansaba ahora en el suelo, sobre la mesa aplastada que albergaba una tarta de merengue, batidos de fresa, vainilla y chocolate, sándwiches de atún y millo, de jamón y queso, chuches variopintos, guirnaldas de colores y manteles de papel. Y la pequeña Carla, aquella que hacía un año, justamente un año atravesara el sexo que nueve meses antes, justamente nueve meses antes, atravesara yo con la mayor de las delicadezas, se encontraba allí, bajo los restos de un viejo armario que segundos antes servía de diversión a los revoltosos niños que veían en su altura un nuevo reto al que enfrentarse.

Tan sólo una cucaracha. Una simple, repugnante, detestable, sucia, espantosa y lisiada cucaracha.

-¡¡¡Ahí está!!! -gritó  Manuela, entre llantos. -¡¡¡Carla, ahí está!!!- La misma masa que se abalanzara sobre aquel armario que descansaba ahora en el suelo sobre aquella mesa -ahora tablones inservibles- se abalanzó, en esta ocasión, sobre la niña que, milagrosamente, aparecía de la nada para enseñarles, alegre e inocente, el pequeño tesoro que acababa de encontrar: un llamativo pendiente de color rojo chillón.

Una cucaracha.

La pequeña Carla -que no entendía porqué ese día era diferente al resto de los días, que no entendía porqué tenía que quedarse quieta junto a aquella tarta que no era para nada de su color favorito, con la nariz manchada de merengue, mientras un sinfín de luces intermitentes la bañaban bajo aplausos y cánticos absurdos, decidió que ya era hora de volver a hacer lo que más le gustaba: descubrir el mundo, y aprovechando que los adultos se encontraban absolutamente inmersos en la contemplación y comentario de las fotografías que acababan de disparar, se descolgó -como sólo un bebé sabe hacerlo- de su trono, para acercarse a algo que, mal moviéndose en el suelo, había llamado enormemente su atención.

FIN.



lunes, 15 de marzo de 2010

¡MIERDA!, África Pulido






¡MIERDA!




ULPGC
África Pulido

   << Mierda. Otra vez llego tarde, yo que quería llegar temprano para que no se notara mucho. Al final me van a pillar. ¡Mierda, que me mato! Puto cordón, odio estas zapatillas. Ya me podía haber vestido bien para variar, estos pantalones están hechos una mierda. ¡Mierda, mierda, mierda! Vale, que no cunda el pánico. Un momento, ¿dónde coño estoy? Mierda, ya me equivoqué de escalera, era la otraaaaaa. Vale, que no cunda el pánico. Mierda. 
    Mi madre tiene razón: soy una maldita malhablada. Vale, por aquí. Ya queda menos, ya queda menos, ya queda menos… 
    ¡Ahí está! Vale, tranquilízate, colócate el pelo un poco, chica. Mierda, esta camiseta tiene una mancha. Esto…vale, le haré un nudo y dejaré el ombligo fuera. ¡Qué sexy! No, no es sexy, pareces una vendedora de mariscos. ¿Qué hago? Bah, qué más da, tienes un ombligo precioso. Si te pregunta siempre puedes decirle que te ha manchado alguien. ¿Si te pregunta? ¿Quién te ha dicho que te va a preguntar? ¡No lo flipes, tía!
Entremos. Saluda amablemente a la bibliotecaria, así, muy bien. Pilla algún libro. A sentarse pues. ¿A ver? Sí desde aquí tenemos buena visión. Mierda, esta silla está coja. Bueno, da igual, no te muevas mucho para que no haga ruido y ya está. 
    ¡Qué guapo es! Tiene los ojos más bonitos del mundo. A decir verdad nunca había visto unos ojos tan azules. Ni un pelo tan rubio, ni una piel tan morena, ni unos labios tan carnosos, ni un… ¡Ay, dios! ¡Quién lo pillara! ¿Me está mirando? ¡Dios, me está mirando! Finge que lees. Mierda, ¿qué es esto? ¿Napoleón? ¿Qué coño hago leyendo un libro de Napoleón? “¿Qué estudias? Filología hispánica ¿Y por qué lees acerca de Napoleón? ¡Porque soy GILIPOLLAS!”
    Mierda. Bueno, da igual, tú eres una chica muy inteligente, puedes leer lo que te apetezca. Vale, vale. Tranquilidad, relajación. Mierda, el lápiz. ¿Cómo puede hacer tanto ruido un puñetero lápiz? Uf, que bochorno, disimula o algo, ¡te está mirando! Otro libro, eso es, ve a coger otro libro. 
    Desde aquí lo veo mejor. ¿Pero cómo se puede ser tan perfecto? Tiene cara de persona simpática. Seguro que es de esos tipos que te llevan el desayuno a la cama y te abren la puerta del coche para que puedas entrar. De esos que pide un postre diferente al tuyo sólo para que puedas probar de los dos, que ven pelis de chicas contigo cuando estás deprimida, y aparece en tu casa con montañas de chocolate en tus días de regla. Seguro que es un hombre romántico que escribe poesía o toca el piano, o pinta paisajes en sus ratos libres. Y te mira cuando duermes, teniendo cuidado de no despertarte. Y te sorprende con una rosa un día cualquiera, porque a él los días de San Valentín le parecen absurdos. Y saluda a sus amigos con un abrazo fuerte y un beso: ¡¡esos chicos parecen siempre tan buenos!!
    Mierda, se va. ¿Adónde va ahora? Rápido, no hemos llegado hasta aquí para esto. ¡Hoy me presento!. Uf, qué nervios. ¡Pero si tampoco es tan difícil! “Hola, mi nombre es Andrea. ¿Qué tal?”. Mierda, eso suena fatal. Oh, no. Está con amigos. No tengo un plan B, no había pensado en sus amigos. Mira que soy estúpida, ¡no pensar en que estaría con amigos! Joder, ¿y ahora? Vale, no pasa nada, colócate un poco el pelo, asegura el nudo de la camiseta, pon tu mejor sonrisa y adelante. Contoneo sexy, eso es. 
    ¡Mierda! ¡Puta piedra! ¡Serás estúpida! ¡Mírate, tirada en el suelo, los libros esparcidos por todas partes, el pantalón caído! Joder, ni quiero ni mirar. ¡Se ríe! ¡Y me señala! Mierda. No llores, niña, que no te vea llorar…>>

    Llevaba días viéndola entrar en la biblioteca. Incluso hoy, mal vestida, ella le parecía preciosa. Pero sabía que ella ignoraba su existencia: iba cada día a esa biblioteca a ver a Rubén, el típico niñato cachas, de ojos azules. El típico niñato que ahora se reía de ella cruelmente, y la señalaba, como si fuera una burda mujer barbuda en un circo de mala muerte. 
    Cuando la vio caer al suelo, se dio cuenta de que no encontraría un momento mejor para acercarse a ella. 
- Ey, ¿estás bien?
- Sí, claro, gracias. Soy una estúpida, que caída tan tonta. 
- No pasa nada, no te ha visto nadie, sólo toda la universidad- Ella rió- Me llamo Andrés, pero mis amigos me llaman Andy.
- ¡Qué curioso! Yo me llamo Andrea, pero mis amigas me llaman Andy.
- ¡Guau! ¿Sabes, Andy? Creo que éste puede ser el comienzo de una bonita amistad.

    Ella volvió a reír…

miércoles, 10 de marzo de 2010

Anton, Enrique Esturillo










ANTON 



Muelle de La Luz 
Enrique Esturillo

 
      Anton saluda con la mano. Se despide del equipo de televisión que se aleja por el muelle. Vassili le da un codazo en cuanto el coche desaparece tras la curva. 
  • Esta buena, ¿eh?
 
  • Si, si que lo está...
 
      Le da una palmada en la espalda a su compañero de tripulación y se da la vuelta. Vassili es un buen tipo, aunque algo pesado. Anton no quiere dejarse arrastrar hoy a una conversación sobre mujeres. No con Vassili. Hoy no. 
      Sube lentamente la pasarela de metal gastado que une el “Atlantic Star” con el muelle de nombre impronunciable. Cada pocos metros hay una placa con un nombre y una fecha. Para el no tienen sentido. Ni siquiera están escritos en su idioma. La ciudad que se extiende más allá, a lo lejos, es un lugar extraño, muy diferente de su Mariupol natal. Anton recoge su ordenador portátil del camarote, se pone una gastada chaqueta de lana y desciende de nuevo la tambaleante pasarela. 
      Su camino le lleva junto a decenas de barcos, de todos los tamaños y banderas, que se alinean en el muelle. Detrás, las luces de la ciudad escalan las colinas. Todos los días los barcos cambian. Nuevas caras, nuevas banderas. Menos el “Atlantic Star”. 
      Anton se cambia el peso de la mochila de un hombro a otro. El viejo ordenador portátil pesa como el demonio, y tiene mucho camino que recorrer aún. Recuerda el día en el que el capitán les comunicó que el armador había desaparecido. Abandonados a medio camino de ninguna parte, volviendo de Mauritania. Habían decidido atracar en Gran Canaria: Aquello, por lo menos, era Europa. De eso hacía ya seis meses. Seis meses sin combustible, sin dinero, sin electricidad. Hasta hoy.
      Aquella gente les había traído comida, agua y un motor de gasolina. Por fin había podido cargar la batería del ordenador sin tener que pedir que le dejaran enchufarlo en algún bar de los que rodean el Puerto. También había venido la televisión. Anton había hablado con ellos, en un inglés más o menos decente. Todos esperaban que sirviera para algo. Le habían deseado buena suerte, antes de irse. La periodista tenía los ojos bonitos. Anton sonrió mientras pasaba junto al dique seco, las sombras de los barcos suspendidos fuera del agua dándole un poco de frescor. Parecía que en aquel lugar nunca iba a llegar el invierno.
      Aún tenía que caminar más. El muelle era un lugar abandonado, sin apenas vida más allá de los grupos de marineros filipinos o el ocasional coche de policía azul y blanco. A esa hora las oficinas ya habían cerrado: No podría conectar desde allí. Almacenes de repuestos, compañías de trabajos submarinos, armadores, consignatarios, transportistas. No importaba en qué puerto estuviese, todo era familiar. Excepto, quizás, por la ausencia de mafias y los policías de aduanas corruptos. Pero claro, aquello era Europa, después de todo. 
      Hoy es un día de suerte. Apenas tiene que salir a la plaza frente a la entrada del muelle para conseguir conectarse a la red. Elena aparece en la pantalla. Tres horas de diferencia, medio mundo de distancia. 
  • Hola cariño...
      Les cuesta no llorar. Tan cerca, tan lejos. Anton ha estado muchas veces en el mar, durante mucho más tiempo. Pero siempre había tenido la certeza de que volvería a casa. De que su sueldo ayudaría a su familia a salir adelante. De que su hija crecería sin las privaciones que él vivió. Hoy no. 
      Ella llora. Todos están bien. La abuela cuida de la pequeña Irina. Dmiter está haciendo oposiciones para la Policía. Si hay suerte, le podrán enviar algo de dinero para regresar en Navidad. Todos le echan de menos. 
      Anton miente. Le dice que todo está bien. Se aparta un momento para que vea los árboles que dan sombra a los autobuses amarillos tras él. No, no tienen ningún problema. Hay gente echándoles una mano. Como siempre, la justicia es igual en todos los países, habrá que esperar un poco. Te echo de menos. Dale un beso a Irina. 
      La batería del viejo ordenador le traiciona una vez más. Anton se queda un rato sentado. Se fuma un cigarrillo, mientras a su alrededor el bullicio de una ciudad que no le entiende sigue inalterable. Cuando lo termina, recoge y se dirige de nuevo al “Atlantic Star”. El sol baja lentamente tras la ciudad, el viento lucha por arrancarle la chaqueta de lana. La pasarela gastada le recibe con su chirrido habitual. Casi todos están sentado en el salón, frente al televisor: en la primera noche en meses que tienen electricidad en el barco. 
      Anton camina hacia la popa del viejo barco. La herrumbre lo rodea. El familiar olor decrépito de un viejo casco que sólo espera morir dignamente en algún lugar lejano. 
      Las luces se van apagando. A su alrededor, los últimos pescadores se alejan, cargando sus cañas, sin mirar ni una vez a los barcos, a los extranjeros atrapados en las redes de cemento del muelle. Son parte del paisaje. Son algo común. 
      Anton mira la ciudad que se enciende frente a él. Una ciudad que no le entiende. Una ciudad que él no eligió. Tan cerca y tan lejos.

 
      - Algún día, Irina, te enseñaré la ciudad.


domingo, 7 de marzo de 2010

Solo es un Cambio, Miguel Alejandro Castro Sánchez




Solo es un cambio.


Guanarteme.
Miguel Alejandro Castro Sánchez.


Odiaba aquella zona. La odiaba. Esa encrucijada enrevesada y perdida de la ciudad, comprendida entre Las Arenas y el Mc Donalds de las ramblas de Mesa y López, ese pedazo urbano, Guanarteme y Madera y Corcho. Para mí ese sitio solo significaba llegar tarde a casa. Era una innecesaria extensión de Mesa, no había nada en ella que valiera la pena. Nada excepto metros y metros que recorrer, metros carentes de motivación visual alguna. Era tierra de nadie, como la frontera entre México y EEUU, o como los molestos Baldíos del WOW.


Y sin embargo últimamente tenía que recorrerme ese aburrido lugar constantemente. Y todo por ella. Alma se llamaba. Hacía poco que había iniciado algo con ella. No era una relación formal, nada serio, muy al estilo adolescente. El caso es que su casa se encontraba allí, en esa maldita zona. No podía estar cerca del Estadio, como la de Samuel; o encarando la playa, como la de Javi. No, en Guanarteme, anexo a los viejos edificios rosa erosionado de Madera y Corcho. Siempre quedábamos en su casa, lo cual significaba desplazarse una y otra vez allí. Pero bueno, me dije, un par de visitas a su casa no iban a matarme. Y así podría haber sido.


Pero no lo fue, porque el destino quiso que Dilmun Gates, uno de mis grupos de música, decidiera dejar el local de ensayos de siempre para mudarse a uno que había en Madera y Corcho, en esos edificios rosas horrendos que había al lado de casa de Alma, al lado de una perturbante iglesia coreana. Esto hizo que a las constantes visitas a casa de Alma se le sumara el tener que pasar todos los sábados por allí para ir a ensayar, lo cual produjo que llegado cierto momento me viera atrapado en esas agobiantes y enormes ramblas. No me cabía en la cabeza que demonios parecía querer ese lugar de mí.


Tampoco sabía que quería exactamente Alma conmigo. Habíamos decidido empezar algo más serio, pero aun así no las tenía todas conmigo. No sabía si realmente la quería, ni en que iba a acabar todo. No se si veía mi futuro ligado al suyo. Así que casi sin fe me dedicaba a pasear por aquellas ramblas. Hasta que un día me invita a merendar en el Gelizia.


El Gelizia, casi ni recordaba aquel lugar. Había ido hacía mucho tiempo, pero no recordaba nada del lugar. Ella me aconseja que me pida un crepe, y yo lo hago, con dulce de leche y sirope de fresa. Estaba buenísimo, como para repetir. Y así lo hice, las tardes en el Gelizia se fueron repitiendo, hasta que un día me interesé por el local de al lado. Zumolandia se llamaba. Allí tenían el zumo de melón más rico de Las Palmas, pero sin duda lo mejor es el sándwich de cangrejo y aguacate. Y entre Gelizia y Zumolandia, pasaba todo mi tiempo en las ramblas con Alma. Y mientras más crepe, mas zumo de melón y más sándwich de cangrejo y aguacate se me apetecía, más se me apetecía estar a su lado.


Y me invita a pasar el día de navidad en casa de Samuel. Allí conozco a Irene, que había llegado de Italia, y que también vive en la misma zona que Alma, justo al lado de Maycor. Así que aprovechando que está de vuelta en Las Palmas vamos a su casa de vez en cuando a jugar a las cartas. Cada día que pasaba, miraba a Alma con otros ojos, más familiar, más cercana. Exactamente igual que a las ramblas. Aquel sitio ya no se me antojaba vacío y vulgar, me había echo a sus peculiaridades y había aprendido a ver sus escondidas virtudes. Y un día quedo con Samuel para ver un partido de champions, y como no habían bares libres lo vemos en uno de Guanarteme. Y en ese bar vemos como el Barça da un paso más en lo que sería su año dorado, en su conquista de la copa de campeones y en lo que sería uno de los días más memorables de mi vida. Y todo empezó allí, con ese partido, en ese bar.


Y es que parece que en esas ramblas empezaban todas las cosas nuevas de mi vida. Cada vez pasaba más tiempo en ellas. Mis visitas a casa de Alma se fueron haciendo más frecuentes, así como los paseos y meriendas. Un día vamos al Mercadona a hacer la compra para un botellón. Luego voy a casa de Jose, el guitarra de Dilmun, que vive en frente de Alma, y me paso un día con él haciendo letras para el grupo. Carla se muda al mismo edificio que Irene, y lo celebramos todos. Un paseo con ella, Javi y Jose (que es su novio). Quedamos todos los del grupo y nuestras novias para ir a ver a Mago de Oz. Y llega un día en que le digo a Alma que la quiero. Ya se lo había dicho antes mil veces, pero esta vez lo digo más seguro que nunca. Esta vez me convence incluso a mí. La quiero, la quiero de veras. Y también a Guanarteme, también Madera y Corcho, y me encanta esa zona, y me encanta merendar allí, y me encantan sus bares y sus churros, y las fotocopias de Maycor, y el Appletaiser que me tomo mientras alma bebe café en plantaciones, y el Hipercor al lado de su casa donde compra todo más barato, y la tienda de animales que tiene un cristal que casi no se ve y contra el que me metí una hostia impresionante, y la farmacia que siempre está abierta donde iba a comprar condones, y todo me parece genial. Todo esta bien con ellas, con las ramblas y con Alma, y descubro que he cambiado.


Cambiado de verdad. Me aterra pensarlo, pero es verdad. No soy para nada como era antes. Como cuando odiaba Guanarteme, como cuando aún pensaba en esa otra persona. Todo había cambiado entonces también, y había cambiado mal. Por eso me aterraba cambiar. Pero esta vez no. Esta vez era diferente, me encontraba más maduro, más estable, más… feliz, completo. Aquel maldito lugar me había hecho cambiar a mejor, igual que aquella maldita mujer. Y todo había pasado casi sin darme cuenta. Y entonces comprendí. Los cambios ocurren, es inevitable. Las costumbres se pierden, y esa chica a quien pensabas que nunca llegarías a querer de verdad te sorprende haciéndose un lugar en tu corazón. Y a fuerza de quererla, fui queriendo también a aquella zona. Y es que los cambios, como las personas, lo único que necesitan son un poco de tiempo…

miércoles, 3 de marzo de 2010

La Niña de las Canas, Nazareth Lezcano Cabrera














LA NIÑA DE LAS CANAS


Triana
Nazareth Lezcano Cabrera


 Había estado lloviendo todo la noche en Triana, una alfombra acristalada cubría el suelo de piedra reflejando en él todo el cielo de la mañana, la cual amenazaba con un tímido sol que hoy se antojaba remolón tras su edredón de nubes grises.
    Era una mañana de jueves, para algunos triste y oscura, para mí, la más hermosa de las mañanas tan sólo por el mero hecho de ser la mañana del jueves, el mejor momento de la semana, el día de mi encuentro con “la niña de las canas”, mmmm... mi dulce “niña de las canas”, la criatura más hermosa sobre esta tierra, daría mi vida por ella,  por sus manos de dedos largos, sus ojos negros en los que se asoma la inmensidad de la tristeza y de la pérdida, por sus labios, centinelas que evitan a toda costa la sonrisa y por su pelo, sí, su pelo, una marea descontrolada de ondas y remolinos en los que la luna ha teñido con gracia caminos plateados en la cabeza de una muchacha. Mi muchacha, mi “niña de las canas”. Y en esta mañana de jueves nos encontraremos, en el mismo lugar, a la misma hora, siempre en jueves, siempre en la mañana, solos, ella y yo y la multitud de la calle, compartiremos un momento que pasará, se marchará para dejarnos con el anhelo de vivir el siguiente, el próximo jueves.
    Comienza mi itinerario, es temprano, algunas tiendas comienzan a levantar sus telones para la función del día, Sabina, la barrendera, aparece en la esquina de la calle Domingo J. Navarro, sus caderas anchas se contonean a ritmo de una samba, qué mujer, muchos quisieran bailar con ella  en una buena cama, es cálida y ardiente a la vez, en su piel resbalan pequeños diamantes, nadie trabaja como Sabina, que se aferra a su escoba con fuerza, afortunado trozo de madera, es una diosa Sabina entre mortales por eso me cuesta dejar de mirarla y mi ruta zigzaguea  pero una farola roja se cruza en mi camino regresándome a la realidad,  la esquivo, en un banco del mismo color que la farola un viejo ríe, lo miro y me veo reflejado en sus ojos cubierto de cataratas, <<ése hombre no ve nada>>, tampoco se pierde gran cosa, pues una señora de más edad que el propio viejo, en cuyos párpados hay cortinas azules, su boca es roja y parte de ese rojo ha caído en sus dientes, le hace señas desde el banco de en frente.
    Sigo recto, paso la esquina con Perdomo, respiro profundamente, huele dulce, se mezcla con la humedad del ambiente. Siguiendo  el olor llego a la dulcería más famosa de la ciudad, hay una cola considerable para la hora que es. En ese momento diviso la sombra de “el canelo”, será cabrón, mis pelos se erizan, “el canelo” es mi mayor enemigo, mi némesis, mi profesor Moriarty, aunque para ser sinceros, es él quien tiene más de Sherlock Holmes. Tendré que contenerme, mi cuerpo me pide guerra, pero debo contenerme, él no me ha visto así que subo por la primera transversal que me encuentro,  calle Arena, en ella varios muchachos descargan mercancías en un tienda, las cajas son grandes y parecen pesadas, de verlos trabajar el cuerpo se me cansa, salgo a Cano, muy fina, demasiadas tiendas buenas para mi gusto. Vuelvo a bajar hacia Triana por Travieso, una sandwichería me distrae, tengo hambre, me doy cuenta en el momento que mis tripas acompañan a un chico extranjero al compás de su guitarra. Lo siento por mí, pero mi “niña de las canas” aguarda en la fuente de la cabeza flotante.
    Dos niños me llaman despectivamente, me extraño, deberían estar en clase, pero como nunca me han gustado los niños  los ignoro, ellos me persiguen un rato hasta que cambian su objetivo. Piso con fuerza los raíles del Tranvía, estoy pisando Historia, no se puede pisarla de cualquier manera, mi andar se vuelve más fino, más elegante hasta recuperar mi desgarbo habitual tras dejar atrás el último trozo de metal.
    Va quedando menos y mi corazón se dispara. Al llegar a Malteses voy a mil por hora, cruzo sin mirar, un coche me toca un bocinazo, <>, soy el príncipe en busca de la princesa, y eso que siempre me he sentido muy republicano. No puedo evitarlo y acelero el ritmo. Una mujer casi tropieza conmigo al salir de una tienda, va pegada a su móvil dando voces, será el cocodrilo de mi foso, pero hoy no habrá quien me detenga, la esquivo, ella está muy metida en la conversación para notar mi victoria en nuestro encuentro. La próxima vez será.
    La fuente con la cabeza flotante aparece ante mí, mi princesa está  allí, sentada, parece formar parte de la composición, sólo que ella es un ángel en la macabra representación de cráneos grises. Varias palomas de aspecto enfermizo rondan el agua. En mi mente suena una canción olvidada y recordada, mariposas de colores flotan en el aire que se vuelve onírico, ella me mira, el mundo se detiene, solos, como cada jueves, ella y yo y la multitud de la calle. Me llama suavemente con un gesto de su mano de porcelana, me acerco a ella, temeroso como el primer día, me siento a su lado. Suavemente sus dedos se enredan en mi pelo. Rezo todo lo que sabe rezar un ateo para que ese momento no se acabe. La sensación que invade mi cuerpo me hace enloquecer de placer,  mi respiración está descontrolada, mis cuatro patas tiemblan y mi rabo se bate de izquierda a derecha a gran velocidad. Explota un boom dentro de mi cabeza, nuestro ojos no han perdido el contacto en ningún momento, pero se acerca la hora de decir adiós, ella vuelve su vista al vacío, se aleja de mi, una de esas muchas señoras “de cuna” de la zona la mira con compasión mientras le tiende unas monedas, ojalá yo pudiera cuidarla, ocuparme de ella, ojalá yo no fuera lo que soy o ella no fuera lo que es. Tal vez en otra vida nos toque encontrarnos y amarnos, o quizás... ya lo hicimos. Sí, es eso, ya lo fuimos mi “niña de las canas” fuimos tan felices que nos castigaron por ello, lo veo en los recuerdos del alma, nos veo juntos, amándonos, solos tú y yo, y la multitud de la calle.
    Me despido hasta la mañana del próximo jueves, recorro mis pasos con el vestido de sus caricias en mi cuerpo. 
    De nuevo diviso al “el canelo”, esta vez la bronca está asegurada...

domingo, 28 de febrero de 2010

Algo Distinto, Luis O´Malley


ALGO DISTINTO


Avenida Marítima
Luis O´Malley



Al camarero le pido una cerveza. Voy a perder la línea.
Todos los días, no fallo ni uno solo, me voy a correr a la avenida. Pantalón de licra, música a toda mecha, las playeras, una faja para sudar, una camisa y una chaqueta de chándal.
A perder líquido, a perder la barriguita. Que a las tías no les va la panza cervecera.
Pero al camarero le pido una cerveza. Y que me active la máquina del tabaco.
Son las dos de la mañana. Una cerveza, un cigarro, pantalón de licra.
Estoy empapado, lleno de arena.
Me acabo de enamorar.
Si, necesito beber esta cerveza.


Trabajo en el ayuntamiento, soy funcionario, gano lo suficiente para pagarme mis cosas; un pisito alquilado, la comida, poco más. Porque no tengo demasiados vicios, y tampoco tengo pareja.
Porque no tengo pareja. Eso espero que quede claro, que estoy libre.
Total, que mi vida va bien, tranquila. Treinta y un años. Tengo amigos, dos o tres, ¿para qué más?
La cerveza no está mal.
Me acuerdo de ti. Creo que tendré que pedir otra.


Me pasa por curioso. Estas cosas me pasan por curioso. He ido corriendo por esa avenida muchos días en los últimos tres meses desde que decidiera empezar a hacer deporte, he visto ese barco oxidado y varado muchísimas veces. Pero quizás sea el destino que no quería que hasta esta noche me entrara la curiosidad, decidiera bajar por el mástil que está pegado a la avenida y ver que había en el interior del barco.
¿Qué puede haber dentro de un barco varado?
Olor a óxido. A salitre. 
Y agua, a los cinco metros había agua. Y en el agua estabas tú.
Y te vuelvo a recordar. Tengo que beber otro buen trago de cerveza. 
Porque al verte caí muerto. Mi corazón se paró. Yo lo noté. Eso es lo que le pasa a la gente que ve a… bueno… a seres como tú.
Y entonces, muerto en mitad del barco varado, te acercaste reptando hasta que el agua no te permitió ir más allá. Alcanzaste mi mano y la besaste. Mi corazón volvió a latir. Y te vi cerca, yo en la parte sin agua, tú disfrutando del salitre. Y me enamoré de ti. No por salvarme la vida, no por el beso en la mano.
Fue porque sabía que tú eras quien podía iluminar mi vida.
Pero es un amor imposible. Lo sé. No puedo enamorarme de una sirena. Aunque tú tampoco de un ser humano. Pero seguro que algo has sentido por mí, eso lo se yo.
Sobre todo cuando valiente yo, invadí tu parte de agua y te besé.


En esta ciudad se me agota el amor. Supongo que por eso lo encontré en el mar.
Pero eres una sirena. No puedo enamorarme de una sirena.
Tengo que beber un poco más.


Al besarte te quedaste un largo rato en silencio. Mirándome como si fuera la primera vez que vieses a un humano. Yo creí que estabas furiosa, por eso de robarte un beso.
Pero no. Creo que te gustó.
Porque me agarraste por la cintura y me tiraste al agua.
Y fue como si bailásemos en alta mar. Como si tuviéramos una sincronización perfecta entre tú, yo y las olas. 
Era como estar soñando. Pero no, sé que pasó de verdad.
Sé que tú eres real.


El camarero me mira. Van a cerrar.
Me marcho del bar, camino por las calles.
Iré a la avenida otra vez.


En esta ciudad se me agota la respiración. Por eso la encontré en tu pecho.
Porque viajamos por el océano y cada vez que me faltaba el aire, me lo dabas con tus besos. 
Pero luego me desanimaba cuando me parecía que por momentos lo tuyo conmigo no era amor, era simplemente un juego.
Y yo no estoy para juegos. Lo siento.
Estoy para que el amor sea una partida de taquicardias sublimes.


Voy de camino a la avenida. Me saco una cerveza de una máquina.
Te aseguro una cosa, no soy un bebedor empedernido. De hecho no me tomo más de dos en una noche.
Pero hoy es distinto. No todos los días se conoce a una sirena.
Necesito un par de tragos para no pensar en ti.
Pero pienso. Y pienso mucho.
Sé que hoy no dormiré. Necesito llegar a una conclusión.
Porque aún recuerdo que al despedirnos te rogué que no te fueras. Y tú me dijiste que lo nuestro es imposible. 
Pues no te hubieras acercado a mí. Ahora es tarde.


Y te dije que me dieras una oportunidad para demostrarte que lo nuestro merece la pena el intento. Que seré lo que tú quieras que sea. Que si tengo que convertirme en pez, o fabricarme unas branquias, o ponerme aletas, yo lo hago.
Yo por ti hago lo que sea.
Aunque no se ni tu nombre, ni tu el mío. Pero eso da igual, es lo de menos. Porque el uno conoce el sabor de los besos del otro. Y ya está.
Porque esta noche he pensado y dicho más cosas bonitas que en toda mi vida.
Y todo por ti.


En esta ciudad se me agotan las sonrisas. Ahora las veo en el agua.
Porque con recordarte me siento feliz. Es una tontería esto que pienso, yo lo se. Pero es verdad, qué quieres que haga, no te puedo mentir. Además, en este estado mentir es imposible, bien lo sabes tú.
Me gustaría decirte muchas cosas. Si te tuviera delante, te diría todo aquello que me callé hace un rato, cuando ya agotado nuestro tiempo me dejaste en la orilla de la playa, lleno de arena y vacío de ti.


La cerveza se me agotó. Y mis pasos van a dar a la avenida.
Estoy frente al mar. Ojalá asomaras la cabeza y gritándome me invitarás a entrar en tu mundo.
Que maravilloso país donde vives.
Por eso que me enamoré de ti. 
Porque todo lo que te rodea a ti es algo distinto a todo lo que me rodea a mí. 


Todavía recuerdo que lo último que me pediste fue que te diese una razón que te lanzara a luchar por mí. Y que si esa razón era lo suficientemente poderosa, entonces tú reaparecerías entre las olas para arrastrarme contigo hasta el fondo del mar.
Luego te marchaste corriendo. No me dio tiempo a preguntarte como podía hacer algo así.
Y no sé cómo hacerlo, de verdad. Estoy desesperado por demostrarte que por ti haría lo que fuera. Lo que sea. Que me ahogaría luchando contra tempestades.
Te conozco hace un rato. Y sé que esto es una locura.
Pero ojalá todas las locuras de mi vida fueran así.


Conozco poco de las sirenas, solo leyendas, y que tienen poderes. Incluso he llegado a leer que son capaces de leer los pensamientos de la gente.
A lo mejor esto no está funcionando.
Pero yo pienso todo lo que tenía ganas de decirte, porque quizás allá, en mitad del océano, estés escuchando cada palabra que ahora estoy pensando.


Y sigo pensando palabras tan rápido como pienso en ti.
Mi camino se acaba frente a las olas que chocan en el muro de la avenida.
Te espero en una señal.
No se si todo lo que he pensado te haga recapacitar para que luches por mí.
Dios mío, no se si lo que pienso lo estás escuchando si quiera.
Espero que sí.


Te juro que no son las cervezas, ni la novedad de saber que eres una sirena. Es porque me parece que al menos por una buena temporada lo nuestro podría ser tan hermoso como inesperado.
Entiéndeme bien, lo nuestro podría no ser eterno, pero si genial.
No se, pero creo que en la mezcla de polos opuestos está el verdadero amor.


No pienso más. No te puedo decir más.
Ahora, mirando al mar, contaré hasta tres, y al llegar a tres ojalá todo lo que he pensado te haya conmovido hasta tal punto que de repente salgas del agua, y de un abrazo me lleves contigo a darnos un par de tiempos felices.
Ojalá que al llegar a tres algo brille en mitad del mar, y seas tú quien venga a buscarme.


Porque ya no tengo nada más que pensarte.


Y tiro la cerveza a un lado.
Y respiro profundamente.
Y empiezo a contar hasta tres.
Uno…
Dos…
Tres.