La niña y la cucaracha
Hospital Materno
Maykol Hernández
Le faltaba una pata, pero claro, eso, no le importa a nadie. Tan solo era una cucaracha. A quién le importa la desgracia de una simple y repugnante cucaracha. Tan sólo es eso: una simple y repugnante cucaracha. Una cucaracha. ¿Puede haber un ser más detestable?, ¿más sucio? No, claro que no -¿Qué cojones me importa a mí que a una cucaracha le falte o no una pata? Es una cucaracha, ¡una maldita cucaracha!- Sí, tan sólo una cucaracha, una simple, repugnante, detestable y sucia cucaracha. Tan solo una cucaracha.
Fue puntual. Asombrosamente puntual. Nació el mismo día que su madre salía de cuentas. Quién diría que esa pequeña masa de carne arrugada, de no más de tres kilos de peso, se convertiría instantáneamente en el ser más hermoso que jamás hubiera soñado. Carla, que así se llamaba la pequeña masa de carne arrugada -claro que ella aún no lo sabía- había nacido sin complicaciones en una pequeña y fría sala del hospital materno infantil, en las Palmas de Gran Canaria, claro que ella aún lo no sabía. Se había convertido instantáneamente en el ser más hermoso que yo, su padre, jamás hubiera soñado, claro que ella aún no lo sabía. Nunca había visto dos seres tan grotescos y hermosos al mismo tiempo. Ella, Carla, una pequeña masa de carne arrugada. Su madre, Diana, una gran masa de carne sudada. Verlas juntas se convirtió en la más bella de las estampas. No había pasado diez segundos tras atravesar el sexo de su madre, aquel sexo atravesado nueve meses antes, justamente nueve meses antes, y ya descansaba sobre el pecho de la que había sido durante nueve meses, justamente nueve meses, su protectora, su hogar. Podría jurar que sonrió al sentirse mecida por el vaivén provocado por el pecho de su madre, extasiada ésta tras haber sido atravesada por la que, desde hacía nueve meses, justamente nueve meses, se alojaba en su vientre, ese vientre que durante nueve meses, justamente nueve meses, había ido creciendo y creciendo, tanto que, de no saber que era normal, podría llegar a preocupar. Nunca fue un baile tan hermoso. Ellas, bailarinas esperpénticas, juntas, bailando juntas en lo que podría, o al menos para su padre así lo fue, ser la coreografía más hermosa jamás soñada. Madre e hija juntas, como desde hacía nueve meses, justamente nueve meses, pero ahora por fin a la vista de todos, o al menos de todos los que, en aquella pequeña y fría sala del hospital materno infantil de Las palmas de Gran Canaria, habían sido testigos del mayor y más hermoso de los milagros.
Tenía, además, una antena torcida, pero eso, claro, no le importaba a nadie. Tan solo era una cucaracha. Una simple, repugnante, detestable y sucia cucaracha.
Dos días después, esa pequeña y ahora ya no tan arrugada masa de carne, ya disfrutaba del calor de su nuevo hogar, del calor de los brazos de quienes durante nueve meses, justamente nueve meses, se habían dedicado a idear ese hogar, ese nuevo hogar. Nunca fue Diana tan hermosa, nunca fueron sus pechos tan hermosos. Nunca ver a otro ser disfrutar de ellos podía habérseme hecho tan hermoso. Nunca algo había sido, para los recién estrenados padres, tan hermoso. Y así seguiría siéndolo, uno y otro día, durante los trescientos sesenta y tres días siguientes, días en los que aquella pequeña y arrugada masa de carne daría paso, de manera se diría mágica, a la más hermosa de las criaturas.
Era la más espantosa de las criaturas. La más simple, repugnante, detestable, sucia y espantosa de las criaturas. Una cucaracha. ¿A quién podría importarle que le faltara una pata, tuviera una antena torcida, o su abdomen estuviera atravesado de parte a parte por un llamativo pendiente rojo chillón que la madre de algún niño cruel y juguetón había perdido sin echar en falta? Tan sólo era una cucaracha.
La tarta era de merengue. Los batidos de fresa, vainilla y chocolate. Los sándwiches de atún y millo unos, de jamón y queso otros. Los chuches variopintos. Las guirnaldas de colores. Los manteles de papel. No había refrescos porque sus padres la consideraban aún muy pequeña -tan sólo un año, justamente un año desde que bailaran por primera vez la más hermosa de las coreografías- como para llenar su aún pequeño estómago de molestos y pesados gases. No faltaba nadie, sus primos Carlos y Javier, de seis y ocho años respectivamente, más pendientes de los regalos que más tarde ayudarían a abrir a la del primer aniversario que, obviamente, de la felicidad de la del primer aniversario. Su prima Inés, de tres años, más pendiente de fastidiarle el día a la que desde hacía un año, justamente un año, había conseguido robarle todo el protagonismo ante sus admiradores tíos que, obviamente, de la felicidad de la del primer aniversario. Sus compañeros de guardería, Alexander y Noemí, dos y ocho meses mayores que la pequeña Carla, más pendientes de los divertidos y coloridos globos que, obviamente, de la felicidad de la del primer aniversario. Su primo Eduardo y su inseparable amigo Moisés, trece años mayores que aquella que, hacía un año, justamente un año, atravesara aquel sexo ya atravesado nueve meses antes, justamente nueve meses antes, más pendientes de los senos que ya asomaban considerablemente del pecho de la mayor de las primas de Carla que, obviamente, de la felicidad de la del primer aniversario. Y Manuela, la mayor de las primas de Carla, más pendiente de que se le notaran los senos que ya asomaban considerablemente de su pecho que, obviamente, de la felicidad de la del primer aniversario. Una vez más, una nueva vez más, no había nada más hermoso.
¿A quién iba a darle pena una simple, repugnante, detestable, sucia, espantosa y lisiada cucaracha? A nadie, absolutamente a nadie. Tan sólo era una maldita cucaracha. Sólo una cucaracha.
La pequeña Carla, con vida desde aquel día, aquel puntual día de hacía un año, justamente un año, parecía no entender nada de lo que sucedía. ¿Por qué tanta gente? ¿Por qué tantos regalos? ¿Por qué tantas fotos? No lo comprendía, pero tampoco le importaba, ¿qué puede importarle a una niña de tan sólo doce meses de vida? Nada, absolutamente nada salvo descubrir aquel aún desconocido mundo al que pertenecía desde hacía… ya sabemos cuanto hacía. Aquel mundo extraño lleno de cosas extrañas, cosas llamativas, cosas extraordinarias. Cosas atractivas todas. -¡¡¡Cuidado!!! ¡¡¡¡¡La niña!!!!! -gritó alguien de repente.
Tan sólo era una simple, repugnante, detestable, sucia, espantosa y lisiada cucaracha. Tan sólo una maldita cucaracha.
El silencio no duró mucho, pero sin embargo nunca un instante había sido tan largo. Nunca un silencio había sido tan sonoro. Algo, no se sabía aún el qué puesto que no hubo nadie que no se abalanzara súbitamente, tras aquel eterno instante, a levantar aquello que, inexplicablemente, descansaba ahora en el suelo, sobre la mesa aplastada que albergaba una tarta de merengue, batidos de fresa, vainilla y chocolate, sándwiches de atún y millo, de jamón y queso, chuches variopintos, guirnaldas de colores y manteles de papel. Y la pequeña Carla, aquella que hacía un año, justamente un año atravesara el sexo que nueve meses antes, justamente nueve meses antes, atravesara yo con la mayor de las delicadezas, se encontraba allí, bajo los restos de un viejo armario que segundos antes servía de diversión a los revoltosos niños que veían en su altura un nuevo reto al que enfrentarse.
Tan sólo una cucaracha. Una simple, repugnante, detestable, sucia, espantosa y lisiada cucaracha.
-¡¡¡Ahí está!!! -gritó Manuela, entre llantos. -¡¡¡Carla, ahí está!!!- La misma masa que se abalanzara sobre aquel armario que descansaba ahora en el suelo sobre aquella mesa -ahora tablones inservibles- se abalanzó, en esta ocasión, sobre la niña que, milagrosamente, aparecía de la nada para enseñarles, alegre e inocente, el pequeño tesoro que acababa de encontrar: un llamativo pendiente de color rojo chillón.
Una cucaracha.
La pequeña Carla -que no entendía porqué ese día era diferente al resto de los días, que no entendía porqué tenía que quedarse quieta junto a aquella tarta que no era para nada de su color favorito, con la nariz manchada de merengue, mientras un sinfín de luces intermitentes la bañaban bajo aplausos y cánticos absurdos, decidió que ya era hora de volver a hacer lo que más le gustaba: descubrir el mundo, y aprovechando que los adultos se encontraban absolutamente inmersos en la contemplación y comentario de las fotografías que acababan de disparar, se descolgó -como sólo un bebé sabe hacerlo- de su trono, para acercarse a algo que, mal moviéndose en el suelo, había llamado enormemente su atención.
FIN.

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