ANTON
Muelle de La Luz
Enrique Esturillo
Anton saluda con la mano. Se despide del equipo de televisión que se aleja por el muelle. Vassili le da un codazo en cuanto el coche desaparece tras la curva.
- Esta buena, ¿eh?
- Si, si que lo está...
Le da una palmada en la espalda a su compañero de tripulación y se da la vuelta. Vassili es un buen tipo, aunque algo pesado. Anton no quiere dejarse arrastrar hoy a una conversación sobre mujeres. No con Vassili. Hoy no.
Sube lentamente la pasarela de metal gastado que une el “Atlantic Star” con el muelle de nombre impronunciable. Cada pocos metros hay una placa con un nombre y una fecha. Para el no tienen sentido. Ni siquiera están escritos en su idioma. La ciudad que se extiende más allá, a lo lejos, es un lugar extraño, muy diferente de su Mariupol natal. Anton recoge su ordenador portátil del camarote, se pone una gastada chaqueta de lana y desciende de nuevo la tambaleante pasarela.
Su camino le lleva junto a decenas de barcos, de todos los tamaños y banderas, que se alinean en el muelle. Detrás, las luces de la ciudad escalan las colinas. Todos los días los barcos cambian. Nuevas caras, nuevas banderas. Menos el “Atlantic Star”.
Anton se cambia el peso de la mochila de un hombro a otro. El viejo ordenador portátil pesa como el demonio, y tiene mucho camino que recorrer aún. Recuerda el día en el que el capitán les comunicó que el armador había desaparecido. Abandonados a medio camino de ninguna parte, volviendo de Mauritania. Habían decidido atracar en Gran Canaria: Aquello, por lo menos, era Europa. De eso hacía ya seis meses. Seis meses sin combustible, sin dinero, sin electricidad. Hasta hoy.
Aquella gente les había traído comida, agua y un motor de gasolina. Por fin había podido cargar la batería del ordenador sin tener que pedir que le dejaran enchufarlo en algún bar de los que rodean el Puerto. También había venido la televisión. Anton había hablado con ellos, en un inglés más o menos decente. Todos esperaban que sirviera para algo. Le habían deseado buena suerte, antes de irse. La periodista tenía los ojos bonitos. Anton sonrió mientras pasaba junto al dique seco, las sombras de los barcos suspendidos fuera del agua dándole un poco de frescor. Parecía que en aquel lugar nunca iba a llegar el invierno.
Aún tenía que caminar más. El muelle era un lugar abandonado, sin apenas vida más allá de los grupos de marineros filipinos o el ocasional coche de policía azul y blanco. A esa hora las oficinas ya habían cerrado: No podría conectar desde allí. Almacenes de repuestos, compañías de trabajos submarinos, armadores, consignatarios, transportistas. No importaba en qué puerto estuviese, todo era familiar. Excepto, quizás, por la ausencia de mafias y los policías de aduanas corruptos. Pero claro, aquello era Europa, después de todo.
Hoy es un día de suerte. Apenas tiene que salir a la plaza frente a la entrada del muelle para conseguir conectarse a la red. Elena aparece en la pantalla. Tres horas de diferencia, medio mundo de distancia.
- Hola cariño...
Les cuesta no llorar. Tan cerca, tan lejos. Anton ha estado muchas veces en el mar, durante mucho más tiempo. Pero siempre había tenido la certeza de que volvería a casa. De que su sueldo ayudaría a su familia a salir adelante. De que su hija crecería sin las privaciones que él vivió. Hoy no.
Ella llora. Todos están bien. La abuela cuida de la pequeña Irina. Dmiter está haciendo oposiciones para la Policía. Si hay suerte, le podrán enviar algo de dinero para regresar en Navidad. Todos le echan de menos.
Anton miente. Le dice que todo está bien. Se aparta un momento para que vea los árboles que dan sombra a los autobuses amarillos tras él. No, no tienen ningún problema. Hay gente echándoles una mano. Como siempre, la justicia es igual en todos los países, habrá que esperar un poco. Te echo de menos. Dale un beso a Irina.
La batería del viejo ordenador le traiciona una vez más. Anton se queda un rato sentado. Se fuma un cigarrillo, mientras a su alrededor el bullicio de una ciudad que no le entiende sigue inalterable. Cuando lo termina, recoge y se dirige de nuevo al “Atlantic Star”. El sol baja lentamente tras la ciudad, el viento lucha por arrancarle la chaqueta de lana. La pasarela gastada le recibe con su chirrido habitual. Casi todos están sentado en el salón, frente al televisor: en la primera noche en meses que tienen electricidad en el barco.
Anton camina hacia la popa del viejo barco. La herrumbre lo rodea. El familiar olor decrépito de un viejo casco que sólo espera morir dignamente en algún lugar lejano.
Las luces se van apagando. A su alrededor, los últimos pescadores se alejan, cargando sus cañas, sin mirar ni una vez a los barcos, a los extranjeros atrapados en las redes de cemento del muelle. Son parte del paisaje. Son algo común.
Anton mira la ciudad que se enciende frente a él. Una ciudad que no le entiende. Una ciudad que él no eligió. Tan cerca y tan lejos.
- Algún día, Irina, te enseñaré la ciudad.

ay Enrique tu siempre!!! Lo mejor es que se que le falta, venga mas :P
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ResponderEliminarBueno, no sé si publicarán aquí el "Bonus Track" ;-)
Gracias, Cripzy, hoy me hacía falta escuchar algo bueno
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Es intenso, real, te llega al alma.
ResponderEliminarMe rindo a tus formas Enrique, de verdad, es una pasada. Cuando lo leí me quedé un rato sin poder decir nada.
ResponderEliminarGracias.
Muy bueno, me encanta el ritmo, la historia, muy bien escrito
ResponderEliminarmuy bueno, una forma de ver la ciudad con unos ojos distintos.
ResponderEliminarMe puse triste. Aunque ese final a modo de promesa me hizo pensar que la cumplirá. Bonito relato. Y conmovedor.
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ResponderEliminarHace una semana, volvía a ver el Atlantic Star. Está en el Muelle de Arinaga, completamente solo, en medio del muelle desierto. No sé que habrá sido de Anton y de sus compañeros.
Espero que esté de vuelta en casa con su familia.
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